“Que no me toque a mí, a mí no… pasa de mí”. Omar temblaba, estaba nervioso, su turno estaba llegando. Antón, el chico más popular de la escuela había decidido que si los de sexto curso tenían motes, ellos también. No podían ser menos. Los mayores tenían a las mejores chicas y ganaban todos los partidos. Omar aún recuerda lo poco que les faltó para ganar el partido del sábado. Si Cristian no se hubiese empeñado en protagonizar el partido… Omar estaba solo, nadie le rodeaba. Imbécil de Cristian, tan alto y guapo, era uno de los pocos que podía alardear de haberse besado de verdad, con lengua y todo. Omar tan solo había conseguido uno rápido de labios cerrados y tocar un poco de nalga izquierda. Aún no sabe muy bien porque Ana María cedió, nadie quiere besarse con el moro.
-A ti te llamaremos Hojalata-Todos rieron la gracia de Antón, hasta el mismísimo Pablo, quien a partir de ese momento sería conocido como Hojalata. El sobrenombre se debía a que llevaba desde hacía un año ortodoncia. Qué ingenioso el nombre pensó Omar con ironía. Él hubiese optado por llamarle Dalí, ya que era el primero que lucía una pelusilla sobre el labio superior a modo de bigote. Pero muy bien sabía que para llevarse bien con Antón, no había que usurpar el papel de líder. Además, tampoco estaba seguro de que sus compañeros supiesen la existencia del pintor.
Ahora le miraban a él, había llegado su turno. Con una sonrisa burlona dijo:
-Moro- Omar creyó escuchar risas de sus compañeros. Pero eran risas escondidas, eso es lo que más le jodió. Hojalata, Galleta o Gato habían sido motivo de carcajada limpia. Antón le estaba insultando y todos lo sabían.
Después de dos horas jugando a fútbol, la gente empezó a irse. Era la una del mediodía y en sus casa esperaba una suculenta comida.
Omar no tenía prisa, hasta la caída del sol no le esperaba nada en la mesa. Así que decidió marcharse cuando su vecino Víctor, quien vivía a dos calles de su casa, anunció que se retiraba.
-No te cabrees hombre- le dijo refiriéndose a los apodos. Eran amigos desde primaria y se conocían bastante bien-. Sabes que Antón puede llegar a ser un imbécil. Además, seguro que esta tarde en el partido nadie se acuerda de los motes.
-Claro, como tú eres la flecha-. Víctor sonrió. El apodo hacía referencia a su rapidez en el campo. Omar sabía que no era cierto, esta tarde, mañana, pasado y para el resto de sus días, todos lo recordarían a Antón, todos tenían permiso para llamarle así. Le dolía pensarlo. El Moro.
Al llegar a casa su hermano estaba cara al ordenador, como siempre. Supuso que estaría hablando con su novia. Se ponían muy tontos cuando estaban juntos. Omar había leído alguna que otra vez, y siempre sin su permiso, conversaciones y mensajes que quedaban registrados en el disco duro. La mayor parte eran cursiladas. Mermelada, así le llamaba la novia a su hermano. Era ridículo y estúpido, Omar sabía muy bien que si él osase llamarle así, éste le partiría la cara. Por mucho menos había recibido algún que otro puñetazo. Omar le respetaba, seguro que a él nadie le llamaba moro. Si se llegase a enterar de que hace unas horas lo habían apodado así y él no había hecho nada, le hubiese partido la cara. Otra vez. Así que optó por encoger los hombros cuando le preguntó que qué tal la mañana.
Su abuelo estaba en el salón, fingiendo que leía una revista. A pesar de los años que llevaba en España, nunca había llegado a controlar el castellano escrito. Hablaba y entendía a la perfección, pero formalmente se le podía considerar analfabeto en ese idioma. Su madre decía que al principio lo intentó. Llegaron a Valencia hace 30 años. Ella tan solo tenía 5 años y poco recuerda de su vida en Marruecos. Apenas cuenta historias, lo poco que explica son anécdotas que le han contado de pequeña y han pasado a ser parte de sus recuerdos. Es fácil descubrirla contando la misma historia en donde a veces es ella la protagonista y otras, su hermana. Nadie decide corregirla. Debe ser muy triste no tener recuerdos de la tierra de uno. En cambio su padre habla constantemente de Casablanca, Omar cree que la tiene idealizada, parece estar enamorado de su antigua ciudad y desprecia continuamente la tierra a la que él cree pertenecer, Valencia. Una vez llegó a gritarle que si tanto le gustaba Marruecos, que se fuese de aquí y les dejase vivir una vida normal, sin rezos ni prohibiciones tontas sobre el alcohol y la comida. Omar recuerda que su padre le miró fijamente, fueron los dos minutos más largos de su vida. Éste esperaba encogido preparándose para una buena paliza, en su interior sabía que se lo había merecido. Pasó algo muy extraño, y que de una manera muy rara le dolió aún más. Su padre le miró, en sus ojos parecía haber decepción, tristeza, y una mezcla de desilusión. No había ira. Se fue de casa y hasta las cinco de la madrugada no volvió. Omar recuerda que fue la noche más larga y dolorosa de su vida, no por la paliza que finalmente había recibido de su hermano, si no por las miradas de reproche que recibía del resto de la familia. El padre estuvo unos días sin dirigirle la palabra hasta que finalmente, no recuerda muy bien el porqué, volvieron a hablarse. Cree que fue viendo un partido de fútbol. Su padre sabía de la obsesión de su hijo por ese deporte y a raíz de eso, intentaba ver con él todos los partidos. Aquel domingo, cuando Omar creía que lo vería solo, él se sentí a su lado y sin dirigirle la mirada le preguntó:
-¿Cómo vamos?
-Cera a cero, papá. Su cuerpo se relajó, Omar sentía que su padre le había perdonado. Pero en el fondo, su padre se había perdonado. Si hablaba tanto de su antigua casa, de su gente y de sus costumbres era porque no había día que no lamentase el hecho de que sus hijos tuvieran que vivir lejos de su tierra. Les había arrebatado la posibilidad de sentirse parte de Marruecos, y eso le dolía en el alma. Aún sabiendo que nunca sería posible, albergaba la esperanza de regresar. Si las cosas mejoran en Casablanca, volveremos, le decía todas las noches a sus mujer. Ella, que sabía que es no iba a suceder, le decía que por supuesto, que seguro que el próximo verano ya estarían allí.
A las 4 de la tarde pasó Víctor por su casa, en una hora tenían partido contra los de sexto. El calentamiento era muy suave, el entrenador, hijo del alcalde, no tenía experiencia y sí un gran problema con el acné, el cual a juicio de Omar, no tenía pensado remediar. Él jugaba como delantero, aunque era uno de los mejores, es más, creía ser el mejor, nunca salía al principio del partido. El primo del entrenador, quien a partir de esa mañana y por el resto de los días sería conocido como Gato, era considerado mejor delantero.
En menos de media hora los de sexto habían metido gol, y el portero, apodado desde hace unas horas Gorras, sobrenombre que se olvidó al cabo de unos meses cuando el supuesto Gorras dejó de usar nada que cubriese su cabeza. Debió de ser que no le gustó el sobrenombre. En aquel momento, Omar hubiese dado lo que sea por haber sido apodado así, y no.. en fin, eso.
Uno a cero, pero los de quinto apenas tocaban pelota. Estaban exhaustos, corrían y corrían sin apenas éxito alguno.
-¡Omar, Julio, Cristian y Víctor, poneos a calentar!- ordenó el entrenador. Se mostraba nervioso, como si el partido le importase, nunca antes había mostrado interés alguno. Qué extraño, pensó Omar, siempre había estado más preocupado de la dirección que tomaba su peinado que de otra cosa. Una rubia con generosa delantera parecía ser la razón de esa nueva motivación.
Era la segunda parte cuando entraron a jugar. El marcador anunciaba una derrota por parte de los de quinto, uno a cero. La pelota llegó a los pies de Omar, corrió y corrió hacia la portería del contrario, uno, dos, no recuerda a cuantos jugadores regateó cuando finalmente, la portería, chutó.
¡Gol! ¡gol! ¡gol!. Sus compañeros gritaban. Él sonreía, no se lo creía. Su padre y su abuelo también gritaban desde las gradas.
El partido volvió a empezar. Quedaban veinte minutos. Tiempo de sobra para que los de sexto retomasen el balón y no les dejasen volver a tocar pelota. Pero no, Antón robó el balón, se lo pasó a Víctor y como si de un boomerang se tratase, omar volvió a apoderarse de la pelota. Corrió y corrió, sus ojos y los del portero se cruzaron, una pequeña sonrisa apareció en los ojos del contrario. No había nadie intentando defender la portería. Mierda. No podía tirar, el árbitro no dudaría en pitar fuera de juego. Antón salió de la nada con un jugador del equipo contrario pisándole los talones. Había caído. Se encontraban por delante de él. El portero lo sabía, Antón también, y él no dudo, lanzó a portería.
Los gritos volvieron a escucharse otra vez en toda la grada, el partido había llegado a su fin, uno a dos. Ganaban ellos.
Sus compañeros le cogieron y en brazo, escuchó como le gritaba:
-¡Pichichi! ¡pichichi! ¡pichichi!- Era feliz, ni un moro salió de la boca de sus amigos.
En la ducha todo eran elogios y vítores en su nombre, Pichichi le llamaban. Se sentía uno de ellos, le pasaban la mano por la espalda, todos reían al recordar la cara del contrario. Y todo eso, gracias a él, el Pichichi.
Se miró en el espejo, rodeado de sus amigos y se vio, como nunca antes se había visto. Todos son excepción le trataban como un igual. Es más, mejor aún, había salvado el partido. Se miró y se reconoció. La piel más bronceada que la del resto del equipo, la nariz más redondeada, al igual qua su boca y sus labios más gruesos. No era como ellos, y por primera vez se sintió orgulloso. Se giró. Los miró Y con una sonrisa dijo:
-Llamadme Moro, el Moro Pichichi.
[Este relato quedó finalista en el concurso "Todos somos diferente" organizado por la Fundación de Derechos Civiles en el 2010 y se publicó en el libro 'Con muchos acentos']