Gordas y con novio

Se reúnen a las 6 de la tarde para tomar café. Ese es el discurso oficial que le dicen a sus novios, ya que lo que realmente hacen es hincharse a comer bollos y a beber refrescos azucarados. Mientras ojean revistas, ríen y bromean sobre el último cotilleo del edificio.

Pesan más de 100 kilos cada una y miden poco más de metro y medio, pero son felices, enormemente felices. Las chuletas de cerdo les sube el ánimo, la panceta con mantequilla las pone eufóricas, pero lo que de verdad les vuelve locas, es una tarta de chocolate y pasar toda una tarde de arrumacos con sus novios.

A Rebeca le gusta pasear por el parque, de una mano coge a su chico y de la otra saborea un helado de vainilla. Por el contrario, María prefiere bailar en las discotecas. Solo tiene una norma: ir donde haya terraza. Los espacios cerrados hacen que sude demasiado. Cosas de gordas, le explica a su novio.

Son jóvenes, guapas y gordas. Entre ellas tienen poco en común, una estudia derecho y  la otra dejó la escuela hace mucho. Se conocieron cuando de niñas peleaban por ver quién se comía el último trozo de tarta en una fiesta del vecindario. Ninguna de ellas resultó vencedora, ya que otro niño, al grito de focas, se fue corriendo con su botín azucarado. Un odio al vecino del quinto y un armario repleto de ropa fue lo que les unió.

Pensándolo bien, deberían agradecérselo al ladrón de pasteles, gracias a él, comenzó su dulce amistad.  

El partido ha comenzado

“Que no me toque a mí, a mí no… pasa de mí”. Omar temblaba, estaba nervioso, su turno estaba llegando. Antón, el chico más popular de la escuela había decidido que si los de sexto curso tenían motes, ellos también. No podían ser menos. Los mayores tenían a las mejores chicas y ganaban todos los partidos. Omar aún recuerda lo poco que les faltó para ganar el partido del sábado. Si Cristian no se hubiese empeñado en protagonizar el partido… Omar estaba solo, nadie le rodeaba. Imbécil de Cristian, tan alto y guapo, era uno de los pocos que podía alardear de haberse besado de verdad, con lengua y todo. Omar tan solo había conseguido uno rápido de labios cerrados y tocar un poco de nalga izquierda. Aún no sabe muy bien porque Ana María cedió, nadie quiere besarse con el moro.

-A ti te llamaremos Hojalata-Todos rieron la gracia de Antón, hasta el mismísimo Pablo, quien a partir de ese momento sería conocido como Hojalata. El sobrenombre se debía a que llevaba desde hacía un año ortodoncia. Qué ingenioso el nombre pensó Omar con ironía. Él hubiese optado por llamarle Dalí, ya que era el primero que lucía una pelusilla sobre el labio superior a modo de bigote. Pero muy bien sabía que para llevarse bien con Antón, no había que usurpar el papel de líder. Además, tampoco estaba seguro de que sus compañeros supiesen la existencia del pintor.

Ahora le miraban a él, había llegado su turno. Con una sonrisa burlona dijo:

-Moro- Omar creyó escuchar risas de sus compañeros. Pero eran risas escondidas, eso es lo que más le jodió. Hojalata, Galleta o Gato habían sido motivo de carcajada limpia. Antón le estaba insultando y todos lo sabían.

Después de dos horas jugando a fútbol, la gente empezó a irse. Era la una del mediodía y en sus casa esperaba una suculenta comida.

Omar no tenía prisa, hasta la caída del sol no le esperaba nada en la mesa. Así que decidió marcharse cuando su vecino Víctor, quien vivía a dos calles de su casa, anunció que se retiraba.

-No te cabrees hombre- le dijo refiriéndose a los apodos. Eran amigos desde primaria y se conocían bastante bien-. Sabes que Antón puede llegar a ser un imbécil. Además, seguro que esta tarde en el partido nadie se acuerda de los motes.

-Claro, como tú eres la flecha-. Víctor sonrió. El apodo hacía referencia a su rapidez en el campo. Omar sabía que no era cierto, esta tarde, mañana, pasado y para el resto de sus días, todos lo recordarían a Antón, todos tenían permiso para llamarle así. Le dolía pensarlo. El Moro.

Al llegar a casa su hermano estaba cara al ordenador, como siempre. Supuso que estaría hablando con su novia. Se ponían muy tontos cuando estaban juntos. Omar había leído alguna que otra vez, y siempre sin su permiso, conversaciones y mensajes que quedaban registrados en el disco duro. La mayor parte eran cursiladas. Mermelada, así le llamaba la novia a su hermano. Era ridículo y estúpido, Omar sabía muy bien que si él osase llamarle así, éste le partiría la cara. Por mucho menos había recibido algún que otro puñetazo. Omar le respetaba, seguro que a él nadie le llamaba moro. Si se llegase a enterar de que hace unas horas lo habían apodado así y él no había hecho nada, le hubiese partido la cara. Otra vez. Así que optó por encoger los hombros cuando le preguntó que qué tal la mañana.

Su abuelo estaba en el salón, fingiendo que leía una revista. A pesar de los años que llevaba en España, nunca había llegado a controlar el castellano escrito. Hablaba y entendía a la perfección, pero formalmente se le podía considerar analfabeto en ese idioma. Su madre decía que al principio lo intentó. Llegaron a Valencia hace 30 años. Ella tan solo tenía 5 años y poco recuerda de su vida en Marruecos. Apenas cuenta historias, lo poco que explica son anécdotas que le han contado de pequeña y han pasado a ser parte de sus recuerdos. Es fácil descubrirla contando la misma historia en donde a veces es ella la protagonista y otras, su hermana. Nadie decide corregirla. Debe ser muy triste no tener recuerdos de la tierra de uno. En cambio su padre habla constantemente de Casablanca, Omar cree que la tiene idealizada, parece estar enamorado de su antigua ciudad y desprecia continuamente la tierra a la que él cree pertenecer, Valencia. Una vez llegó a gritarle que si tanto le gustaba Marruecos, que se fuese de aquí y les dejase vivir una vida normal, sin rezos ni prohibiciones tontas sobre el alcohol y la comida. Omar recuerda que su padre le miró fijamente, fueron los dos minutos más largos de su vida. Éste esperaba encogido preparándose para una buena paliza, en su interior sabía que se lo había merecido. Pasó algo muy extraño, y que de una manera muy rara le dolió aún más. Su padre le miró, en sus ojos parecía haber decepción, tristeza, y una mezcla de desilusión. No había ira. Se fue de casa y hasta las cinco de la madrugada no volvió. Omar recuerda que fue la noche más larga y dolorosa de su vida, no por la paliza que finalmente había recibido de su hermano, si no por las miradas de reproche que recibía del resto de la familia. El padre estuvo unos días sin dirigirle la palabra hasta que finalmente, no recuerda muy bien el porqué, volvieron a hablarse. Cree que fue viendo un partido de fútbol. Su padre sabía de la obsesión de su hijo por ese deporte y a raíz de eso, intentaba ver con él todos los partidos. Aquel domingo, cuando Omar creía que lo vería solo, él se sentí a su lado y sin dirigirle la mirada le preguntó:

-¿Cómo vamos?

-Cera a cero, papá. Su cuerpo se relajó, Omar sentía que su padre le había perdonado. Pero en el fondo, su padre se había perdonado. Si hablaba tanto de su antigua casa, de su gente y de sus costumbres era porque no había día que no lamentase el hecho de que sus hijos tuvieran que vivir lejos de su tierra. Les había arrebatado la posibilidad de sentirse parte de Marruecos, y eso le dolía en el alma. Aún sabiendo que nunca sería posible, albergaba la esperanza de regresar. Si las cosas mejoran en Casablanca, volveremos, le decía todas las noches a sus mujer. Ella, que sabía que es no iba a suceder, le decía que por supuesto, que seguro que el próximo verano ya estarían allí.

A las 4 de la tarde pasó Víctor por su casa, en una hora tenían partido contra los de sexto. El calentamiento era muy suave, el entrenador, hijo del alcalde, no tenía experiencia y sí un gran problema con el acné, el cual a juicio de Omar, no tenía pensado remediar. Él jugaba como delantero, aunque era uno de los mejores, es más, creía ser el mejor, nunca salía al principio del partido. El primo del entrenador, quien a partir de esa mañana y por el resto de los días sería conocido como Gato, era considerado mejor delantero.

En menos de media hora los de sexto habían metido gol, y el portero, apodado desde hace unas horas Gorras, sobrenombre que se olvidó al cabo de unos meses cuando el supuesto Gorras dejó de usar nada que cubriese su cabeza. Debió de ser que no le gustó el sobrenombre. En aquel momento, Omar hubiese dado lo que sea por haber sido apodado así, y no.. en fin, eso.

Uno a cero, pero los de quinto apenas tocaban pelota. Estaban exhaustos, corrían y corrían sin apenas éxito alguno.

-¡Omar, Julio, Cristian y Víctor, poneos a calentar!- ordenó el entrenador. Se mostraba nervioso, como si el partido le importase, nunca antes había mostrado interés alguno. Qué extraño, pensó Omar, siempre había estado más preocupado de la dirección que tomaba su peinado que de otra cosa. Una rubia con generosa delantera parecía ser la razón de esa nueva motivación.

Era la segunda parte cuando entraron a jugar. El marcador anunciaba una derrota por parte de los de quinto, uno a cero. La pelota llegó a los pies de Omar, corrió y corrió hacia la portería del contrario, uno, dos, no recuerda a cuantos jugadores regateó cuando finalmente, la portería, chutó.

¡Gol! ¡gol! ¡gol!. Sus compañeros gritaban. Él sonreía, no se lo creía. Su padre y su abuelo también gritaban desde las gradas.

El partido volvió a empezar. Quedaban veinte minutos. Tiempo de sobra para que los de sexto retomasen el balón y no les dejasen volver a tocar pelota. Pero no, Antón robó el balón, se lo pasó a Víctor y como si de un boomerang se tratase, omar volvió a apoderarse de la pelota. Corrió y corrió, sus ojos y los del portero se cruzaron, una pequeña sonrisa apareció en los ojos del contrario. No había nadie intentando defender la portería. Mierda. No podía tirar, el árbitro no dudaría en pitar fuera de juego. Antón salió de la nada con un jugador del equipo contrario pisándole los talones. Había caído. Se encontraban por delante de él. El portero lo sabía, Antón también, y él no dudo, lanzó a portería.

Los gritos volvieron a escucharse otra vez en toda la grada, el partido había llegado a su fin, uno a dos. Ganaban ellos.

Sus compañeros le cogieron y en brazo, escuchó como le gritaba:

-¡Pichichi! ¡pichichi! ¡pichichi!- Era feliz, ni un moro salió de la boca de sus amigos.

En la ducha todo eran elogios y vítores en su nombre, Pichichi le llamaban. Se sentía uno de ellos, le pasaban la mano por la espalda, todos reían al recordar la cara del contrario. Y todo eso, gracias a él, el Pichichi.

Se miró en el espejo, rodeado de sus amigos y se vio, como nunca antes se había visto. Todos son excepción le trataban como un igual. Es más, mejor aún, había salvado el partido. Se miró y se reconoció. La piel más bronceada que la del resto del equipo, la nariz más redondeada, al igual qua su boca y sus labios más gruesos. No era como ellos, y por primera vez se sintió orgulloso. Se giró. Los miró Y con una sonrisa dijo:

-Llamadme Moro, el Moro Pichichi.

[Este relato quedó finalista en el concurso "Todos somos diferente" organizado por la Fundación de Derechos Civiles en el 2010 y se publicó en el libro 'Con muchos acentos']

Cosas de gordos

-Señores y señoras, yo antes, estaba gordo.

Así comenzó su conferencia, la que sería muy a su pesar su última ponencia, Luis Lapuerta. Esperó las risas de los asistentes y al ver que no llegaban, continuó con su discurso.

-Sí, y no me alegro, desde que perdí más de 70 quilos, se me acabaron las bromas, los chistes y las gracias. Nadie se divierte con las vivencias de una persona delgada en el gimnasio o en la discoteca. El mundo está hecho para la gente flaca y no para nosotros, esto… corrijo, no para ustedes. Como podrán ver, ahora peso poco más de 60 kilos, uso una 42 y solo sudo, a diferencia de ustedes, si me esfuerzo en ello.

El público no sabe si reír o no, la verdad es que no saben si se trata de una broma del escritor o de una confesión amarga. Luis Lapuerta se hizo famoso con su primera novela Cosas de gordos. Sus historias causaban furor entre sus lectores, ya que la gran mayoría compartían con él un sobrepeso exagerado y una adicción a los hidratos de carbono.

-El porqué decidí adelgazar y cómo… no es una historia que quieran escuchar. ¡Ni lo busqué! Simplemente dejé de comer. Se me fue el apetito. Mentiroso, deben pensar. Pero no señores, les juro por lo más sagrado de todos ustedes: ya sea por un costillar con miel o por una panceta untada con mantequilla, que jamás busqué adelgazar. Y sus semblantes serios tan solo me hacen confirmar mi desgracia… Lo qué acabo de soltar era un chiste, ¡maldita sea! deberían de haberse reído. Pero no, ya no. Esa es la condena de una figura esbelta. Puedes entrar en cualquier ascensor con más gente sin sonrojarte, subir más de tres pisos sin inmutarte, es más, puedes tener a todas las mujeres que desees, pero nada de esto merece la pena si has de soportar la maldición: los tipos flacos no divierten. 

La nena que odiaba las alcachofas

“No tengo nada que contar” fue lo que la Nena me dijo al llegar. “No se preocupe, seguro que 72 años dan para mucho”. “No te creas…ahora las piernas no me dan para mucho, ya apenas puedo andar”. “Volemos pues”

-Si yo apenas he hecho algo en mi vida. La verdad niña, no te ofendas, pero no recordaba haberme apuntado al concurso. ¿Qué quieres que te cuente?
-La historia de su vida
-¿La historia de mi vida?, pero si no la hay. Me casé muy joven y tuve hijos. Murió mi marido y con mis hijos tiré pa’alante. Ellos formaron sus familias y ahora, pues aquí vengo (en referencia a la residencia SorSanta), a pasar dos días a la semana. Hago cuadros con macarrones, pinto envases de yogures…

Josefa sonríe, se divierte, “Mano derecha arriba…que toque la oreja”, se escucha desde el patio del edificio.

-Esos son mis compañeros haciendo ejercicio -describe- ¡de la que me he librado! Yo nunca he sido ‘muy del deporte’. Ya me lo decía mi marido, estás muy gorda, ¡vas a romper la moto! Será posible…-un brillo en sus ojos aparece cuando recuerda al, como ella define, amor de su vida- No me calló bien al principio. No sé como explicarlo, su manera de hablar, tan fuerte, ¿por qué tenías que hablar tan alto Pepe? Siempre tuvimos peleas por eso. ¡Cómo gritaba! Era un payaso. Sí, esa es la palabra que lo definiría, un payaso. No se tomaba las cosas en serio, pero ¡ay Dios! Tanto le quería… En la fábrica donde trabajaba de jovencita, así, como tú puede, con 17 años.
-¡Uy! No, quite, quite, esa edad hace mucho que la dejé atrás. Ahora tengo 21
-¿Y estás casada?
-No mujer, no, eso tampoco, ahora las cosas van más despacio que antes.
-Sí, sí, ya sé, figúrate que mi hijo ¡aún vive conmigo! 30 años que tiene y aún hago cena para dos. ¡Ay Santi! ¡Qué disgustos me ha traído! No me malinterpretes, siempre fue muy buen chico, al igual que sus hermanas mayores, pero no quiso estudiar y eso… pues, algún que otro disgustillo me ha traído. ¿Sabes que tenía un pelo muy largo?
-¿Su hijo dice?
-Sí sí, yo quería que se lo cortase para hacerme unas trenzas para el moño de fallera, pero ¡no pudo ser! Se lo cortó y alá alá, a la basura. Yo me lo he pasado bien en esta vida. En la fábrica donde lo conocí, la gente bromeaba sobre nosotros, que sí la parejita arriba, que si los tortolitos abajo… ¡y no estábamos juntos! Pero mi Pepe siempre supo que estaríamos juntos, ¡antes que yo! Al final, pues mira chica, que con la tontería la tontería, ¡qué me acabé enamorando oye! Y te digo que si volviese a nacer, me casaría otra vez con él. Me llamaba su Nena, era muy zalamero el jodio’. ¡Cómo le quise! ¿Tú tienes novio mi vida?
-No no, que va, no hay suerte mujer, ¡qué le vamos a hacer!
-¡Uy! Pues mira que es raro… con lo bonita que eres, ¿21 años tenías?
-Sí sí, pero no hay prisa, ¡sin agobios!
-La argentina sí que era guapa sí, y hacía muñequitos de trapo. Tuvo muchos, muchos hijos. Y muchos se le murieron también. ¡Qué le vamos a hacer! Yo tuve un quiosco, ¡he hecho tantas cosas en esta vida! Estaba cerca de un taller donde trabajaban muchas gitanas, ¡una de ellas me quiso maldecir! Me intentó timar y ya sabes tú que la calle enseña como nadie. ¡La pillé! ¿Y sabes qué hizo?-pregunta entre risas.
-Dígamelo usted, que por las risas que lleva seguro que algo muy divertido.
-¡Una vida de infertilidad me deseo la tía! A mí, con tres hijos ya paridos…si es que…hay que ser burra. ¡Pero qué anotas niña!
-Lo que usted me está contando.
-Anda, Anda, que esto no es interesante mujer, si la vida es… Mira, voy a desvelarte el secreto de la vida, que las pequeñas cosas son las que dan placer. Aunque con el azúcar que tengo… He perdido 10 kilos, ahora uso pantalón. Pero un tirachinas nunca usaré, por mucho que mis nietas se empeñen, que eso no recoge ¡ni hace nà!
-Usted debe haber sido muy coqueta por lo que veo.
-Uy, sí nena, sí. “Siempre que aparece usted hay un muerto” , ¿te suena? Es de la serie de televisión ‘Se ha escrito un crimen’. No me perdía ni un solo capítulo, pero no por la trama, que para muertos los telediarios. Lo veía por como vestía Angela Fletcher, ¡qué elegante!
-Josefa, perdone, pero cuénteme por ejemplo como fue su infancia, esos años de dictadura, ¿cómo los vivió?
-¡Ay por Dios! ¿No iremos a hablar ahora de Franco, no? El muerto al pozo y el vivo al gozo. Aunque poco gozo he tenido yo en esta vida, ais, niña, no trabajes tanto como yo hice. ¡Toda una vida de un lado a otro para ganar dinero! ¡Pero no porque quisiese hacerme rica! Que va que va… ¡ojala! sino porque había que comer, pagar las facturas… toda una vida de currita.
-Y de esos años de trabajo hay algo que le haya marcado de manera positiva o negativa?
-¡Mujer pero qué preguntas! Pues no sé…a ver…Sí, sí, hay algo que me ha “marcado” como tú dices, pues estuve en una fábrica de alcachofas, ¡y no las puedo ni ver! Y mira que lo tengo dicho aquí en la residencia…pero que se empeñan en que hay que comer de todo! Tiene ironía la vida, vivir tanto, para que luego te vuelvan a dar órdenes. Y esta es la historia de mi vida.
-Perfecto, pues ahora, me haré mis esquemas, para poder establecer un orden en la argumentación, y a ver si puedo hacer un retrato de su persona.
-¿Qué? ¿Qué es lo que vas a hacer con todas esas hojas que has enmarañado?
-Hacer un perfil de usted.
-Aaaa…, pues adelante. De todas formas niña, tú ya te aclaras, pero déjame que te diga algo antes de irte.
-Sí, sí, por supuesto, tomo nota.

Josefa sonríe y me mira:

-La vida es muy bonita; vívela.

[Este relato participó en el concurso "Tienes una historia que contar" del 2009 Ni Josefa se fue de viaje ni yo aumenté mis ingresos, pero pasamos una rica tarde.]

Haciendo zumo

El vencimiento del juicio a favor de su cliente le había alegrado el día. El juez se había excedido en la pena y lo sabía. El, desde hacía un segundo, culpable, gritaba lindezas sobre ella y su madre. No le importaba. Ella tan solo tenía ojos para el juez, quien hoy estaba jodidamente guapo. Le habían pedido una columna en contra de la subjetividad del juez, pero sabía que era imposible que su pluma no delatase que cada vez que lo veía, en su interior, sonaban campanas de boda. Sus amigas le reprochaban que no le hubiese dicho nada y que saliera con el alguacil de turno. Pero para ello, siempre tuvo una respuesta:
-Mientras espero a mi media naranja, voy comiendo mandarinas.

[Este relato quedó finalista en el III Concurso de Microrrelatos sobre Abogados Diciembre 2010]

El juego de sábanas también

Un cigarro más y me acuesto, piensa Emilio mientras mete los dedos en su último paquete. Con la yema de los dedos, consigue sacar su último cigarro. ¡Mierda! Si me lo compré esta tarde…voy a plantearme seriamente dejar de fumar. Esta vez va en serio, se trata del último cigarro, esto no va a poder más que yo. Mientras se da ánimos y se convence de que lo va a conseguir, su mirada se dirige, sin que pueda remediarlo, hacia la mesilla donde en el primer cajón descansa un paquete de chicles de nicotina y un libro de autoayuda para dejar de fumar de un tal Gustavo Sánchez. Es normal, se consuela, son tres noches apenas sin dormir, el estrés del divorcio le impide conciliar el sueño.

El sonido del televisor le anuncia que ha terminado el programa de tertulia y da paso a los anuncios. De repente surge un señor en la pantalla y tirándose del oscuro y tupido cabello informa de que hace tan sólo dos semanas, ¡tan sólo dos semanas! no podía realizar ese gesto. Amablemente nos rebela su secreto, unas gotitas del tónico Ruperto todas las mañanas ha sido la solución para que su calvicie desapareciera. Una lovopecia que, como muestra una foto antigua y borrosa, le acomplejaba para conocer a chicas como la que ahora está a su lado y sonríe a la pantalla. La rubia despampanante afirma que lo que le cautivó de su acompañante fue ese pelo negro y sano. Y repitiendo el gesto del calvo en cuestión, tira con fingida fuerza de esa mata que brilla y protagoniza el anuncio. Inconscientemente Emilio se toca el pelo, y afortunado, observa que el cabello no debió de ser la causa de su divorcio. La feliz pareja se despide con un forzado beso en la mejilla.

Le sigue una redonda mujer con unas medias y una camiseta ajustada que delatan su debilidad por los refrescos azucarados y las palomitas de maíz. La susodicha en cuestión, hace inútiles esfuerzos para levantar su espalda sobre un aparato, el cual supuestamente, deduce Emilio, es para hacer abdominales. En la imagen siguiente aparece una rubia despampanante, Emilio juraría tratarse de la novia del calvo, quien con el mismo conjunto que la gorda anterior, jura y promete que con Emilaxin, ha podido conseguir la figura que deseaba. La figura y la cara piensa Emilio, porque algo más que los michelines han cambiado en la mujer. Un número de teléfono no abandona la pantalla, y en todo momento parpadea, acompañado de un letrero que informa que por tan sólo 60 euros podrá hacerse con el espectacular Emilaxin. Últimamente Emilio ha despistado su figura, la cerveza ha pasado factura y un michelín asoma por el final de la camiseta. Un poco de ejercicio no le vendrá mal, apenas tiene tiempo de salir a correr, el trabajo le tiene muy apurado. Mientras se justifica, se descubre rebuscando en su cartera la tarjeta de crédito. Va en busca del teléfono y pide un Emilaxin. Además, le informa la chica que está al otro lado de la línea, que le viene con una alfombrilla de regalo, y si desea, por tan sólo un 30% más del precio inicial, le mandamos un juego de pesas y un libro con ejercicios para otras partes de su cuerpo. Ya puestos, accede a la oferta, su trasero se refleja en el espejo y está más caído que hace dos años.

De vuelta al sofá, ha aparecido una señora que prepara platos suculentos, pasteles, guisados, batidos…La boca se le hace agua, tan solo ha comido un sándwich caliente. Los platos son cada vez más y más apetitosos, alrededor de una mesa, los comensales hablan y ríen todos juntos. La cocinera está presente en todo momento, ya que con el robot de cocina Todomix , ¡tan sólo hay que lavar un plato! Su mujer, bueno, su exmujer siempre se lamentaba que tenía que lavar ella todos los platos tras las comidas, seguro que le daría una alegría si supiera que existe Todomix para hacer el trabajo por ella. Se descubre llamando y pidiendo un Todomix, aunque mejor aún, pide dos para regalarle uno a su mujer, bueno su exmujer. Seguro que si uno le facilita trabajo, dos prácticamente se lo quita. Las ganas de fumar no desaparecen y abre el cajón en busca de esos chicles de nicotina que le prometieron, junto con el libro de autoayuda, abandonar su hábito. Con tres en la boca, vuelve al sofá donde aparece un matrimonio feliz y sonriente con dos niños correteando a su alrededor. Ellos nunca tuvieron hijos, trabajos de jornada entera, sueldos insuficientes para ambos, poco espacio en la casa…miles fueron las excusas que día tras día su mujer, bueno su exmujer, le daba. La familia feliz acuesta a sus pequeños en una cama hinchable, su encantador piso de veraneo tan solo cuenta con una habitación. Igual que ellos, su apartamento no tenía el espacio suficiente para la habitación de los niños, pero esa cama que aparece en pantalla es idónea para el espacio entre el sofá y el televisor. Seguro que a su mujer, bueno su exmujer, le parecería perfecto. Con el teléfono en mano, llama y pide una cama hinchable y sí, sí, por supuesto, el juego de sábanas también. ¡Cómo no había caído en ese detalle! De vuelta al sofá, también ha vuelto el hombre calvo, quien le sonríe desde el otro lado. Emilio se toca el pelo y se descubre unas pequeñas entradas.

[Este relato ganó el I Premio de la 1º Edición de los Premios de Periodismo de Consumo 2008 José Luís Pérez de los Cobos organizado por la Unión de Consumidores de la Comunitat Valenciana]

Ponte verde

El periódico informa que en el 2050 “España se africanizará” si no reducimos las emisiones de CO2. Pero poco le importa a María, quien embarazada de 2 meses, tiene que abandonar su prometedor, hasta hace dos semanas, puesto de trabajo por recorte de personal, un recorte que paradójicamente solo le ha afectado a ella.

Pedro escucha la radio y se entristece cuando oye que “el agua será un bien escaso” pero piensa ¡qué se le va a hacer!, poco puede hacer él. Ya tiene bastante con llegar a fin de mes con la insuficiente pensión que cobra desde su accidente laboral.

El periodista Mario, quien con su profesión quería cambiar el mundo, también sabe que “los veranos españoles serán tsunamis de calor” y que la solución está en manos de los políticos, pero se resiga cansado, al igual que está cansado de cubrir los mítines de estos, quienes después de un año de mentiras e intentos de confundir a la población, ponen su mejor cara ante la idea de frenar el cambio climático.

También lo sabe la ornitóloga Clara, quien ha podido observar como este año las aves no emigraban hacia el sur en busca de un clima más cálido. Aunque más le importa a ella y a su mujer que se tramiten los papeles de adopción.

A Ramiro, acostado en una cama de hospital, poco le importa la extinción del 30 % de las especies, en cambio se enfurece cuando oye que España es una nación con distintas nacionalidades.

“África podría morir de hambre por el calentamiento global” escucha Amparo y llora por ellos, al igual que llora todas las noches cuando su marido la maltrata.

Abdel Hakîm también conoce la noticia, sabe que las playas se recortarán, pero desde que llegó a Tenerife su prioridad es conseguir dinero para enviar a su familia.

Cada vida es un mundo, cada historia es distinta, pero todos algo en común, un mismo planeta.

[Este relato participó en el concurso 1 año en 1 post de Atrápalo de 2007]

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